Ayer estuve deambuleando por Madrid buscando una revista. Ésta. Patee seis quioskos de prensa, seis, ni uno más, ni uno menos, preguntando por ella.
Tuve, incluso, que coger un autobús para trasladarme a otro barrio, a ver si allí la tenían. Y mira por dónde, una amable viejecita me la suministró con amabilidad y una sonrisa. Curioso, ¿a que sí?
En el que no me miraron mal directamente, me respondían con incredulidad. Nunca la habían tenido, y pardiez, nunca la iban a tener. ¿Cómo una mujer con mis pintas iba a buscar una revista como esa? Mi cara de niña buena me delata. ¡Oh, qué horror! ¡qué escándalo! Arderé en el infierno, pues.
Sabía que había farmacias que se negaban a suministrar la píldora postcoital, incluso los preservativos y cualquier otro sistema antibaby. Pero lo que no me podría nunca imaginar es que en un quiosko de prensa también se practicase la objeción de conciencia.
Flipando me hallo, oigan.
BIZCOCHO SIN AZÚCAR DE NARANJA Y HARINA DE ESPELTA
Hace 2 semanas

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