En mi casa, la Navidad no sabe a turrón. Somos golosos, pero la fuente sigue intacta. Ni siquiera sabe a regalos, eso aquí no existe. Tampoco escuchamos atentamente la felicitación navideña del rey (esto sí, gracias RAE). Ni ponemos árbol, ni belén. Ningún adorno navideño.
En mi casa, la Navidad sabe a
sopa de almendras. A chirlas a la marinera. Son dos platos que sólo se hacen en Navidad, y sin ellos no sería lo mismo. Sabe a jamón del bueno, a queso. A tinto. A cordero, a veces.
En mi casa no intercambiamos regalos, desde hace muchos años. Es mejor estar juntos, sí, otro año más. Tampoco cantamos villancicos. Ayer, la Navidad sonaba a
sevillanas. Nada de pachangueo, nada de música de los cuarenta para amenizar la cena, y la posterior fiesta. Sólo sevillanas, para bailar, para emocionar a quién teníamos que emocionar. Para que lo reviviese. Para recordar cómo se bailaban.
Pero ayer, la Navidad supo distinta. Supo a familia, más que nunca. Y a novedad. Apretujados casi 25 personas en una casa pequeñita, pequeñita. Supo a cante, a capela, con unos coros que dejaban mucho que desear y por eso eran tan graciosos. Supo a guasa, a cachondeo. A baile. A risas.
Pero tuvo un sabor más, único. Que hacía mucho que no saboreaba. El de la felicidad exquisita, el de la ilusión. El de los besos y abrazos.
Y mis Navidades anteriores solían saber bastante más a triste. Gracias a los que lo hicieron posible.