Para mí cocinar es una terapia. Sería mucho mejor si cuando utilizo la cocina como terapia cocinase platos realmente sanos y caseros. Pero no. A mí cuando me da por cocinar, me encanta hacer postres y no me salen nada mal. No siempre, eh, hay veces que en vez de hacer mi madre la comida, la hago yo. O preparo lo del día siguiente. Pero los postres son mi debilidad y especialidad. Ahora me ha dado por la leche frita, arroz con leche, palmeritas, mielitos, frixuelos, bizcochos... Poco calórico, vamos.
Pero me gusta hacerlo. Cuando estoy triste, apesadumbrada. Cuando mi cabeza tiene tantas cosas en mente que cree que va a estallar. Cuando me aburro. Cuando no puedo más. En vez de recurrir a un lexatín para relajarme, prefiero meterme en la cocina, poner música y disfrutar de los olores que emana el fuego.
Siempre dije que el olor más rico era un pochado de cebolla y ajo. Y ni la mejor colonia puede superar ese olor. Es el de la cocina de siempre, el de la madre.De esos olores que te transportan. Soy fetichista con los olores, lo sé.
Lo malo son los días como hoy. Con tantas cosas en la cabeza, el arroz con leche se me ha quemado. Ouch.
BIZCOCHO SIN AZÚCAR DE NARANJA Y HARINA DE ESPELTA
Hace 2 semanas


